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¡Mira, es Angélica María!

Guadalupe Castro | 03:32 - 02 Julio 2013

Inmersa siempre en la frivolidad del estrellato, Angélica María ha sido también musa de obras maestras de la literatura mexicana, y de ello habla en esta entrevista, singular en más de un sentido.

 

Soy, amigos lectores, poco dado a dejarme “apantallar” por el resplandor de la farándula. Tampoco por el esnobismo del mundo cultural. Mayor fascinación ejercen en mí, con mucho, las figuras de liderazgo político y social.

 

Angélica María, sin embargo, es un compendio de todo ello, y es uno de los personajes que mayormente marcaron mi trabajo como entrevistador. De allí pasé, con infrecuente facilidad, a un cariño personal hacia ella. Un tránsito verdaderamente insólito en lo que a mi experiencia respecta. Se lo conté una vez a José Agustín y él, hombre siempre amable pero poco dado a “seguirle la corriente” a su interlocutor, me dio la razón: “Angélica es una persona muy difícil de no querer”.

 

Tras la entrevista, que se dio a los pocos meses del levantamiento zapatista en Chiapas (hecho que impregnó la charla en algún momento), Angélica me invitó a comer en su casa en compañía de dos amigos comunes. Ambos faltaron a la cita por diferentes motivos y nos quedamos solos ella y yo, en una conversación de muchas horas. Fue el nacimiento de una efímera pero, para mí, inolvidable amistad. Terminó la relación como terminaron muchas no menos valiosas para mí en aquella época, prácticamente al mismo tiempo. Pero entre todas, una de las más imperecederas es la suya, y para ser tan cursi como ella se enorgullecía de serlo, diré que Angélica dejó huella en mi corazón…

 

LER

 

 

“Lo mío con el público ha sido un idilio”

 

 

Luis Enrique Ramírez

 

 

Antes que ella aparece su voz, en lo alto de la enorme casa. “Van a hacer un festival para los latinos damnificados por el temblor en Los Ángeles. ¡Claro que voy a estar allá! ¿Cómo no voy a ir, después de que me han dado a ganar tanto dinero? Y aunque no hubiera ganado nada, ¡yo los quiero mucho!” Parece hablar para un público que en ese momento se compone por los sirvientes, Cony su secretaria y el reportero. Baja la escalera deslumbrante, envuelta en el glamour de un traje negro y de 40 años de fama. 

 

– ¡Ay qué chiquito! ¡Mi niño lindo, precioso!

 

Planta un beso a quien de por sí ha enmudecido al verla. Es la sensación de estar frente a una estrella, vuelco al corazón incluido. El maquillaje es exacto, el peinado también, y la sonrisa. ¿Cómo guardar la distancia? ¿Cómo ser objetivo frente a Angélica María, más bella hoy que en las películas juveniles de los años sesenta? ¿Cómo no decírselo?

 

– ¡Qué divino eres! Gracias mi niño, qué lindo. ¡Adorado! Es tan importante eso para mí. Yo me acuerdo que desde niña siempre necesité que me dijeran esas cosas, siempre necesité que me quisieran. Era fundamental para mí ser la preferida de los maestros, de mis compañeros, de mis amigos, de mis abuelos ¿verdad? Tal vez esa necesidad de ser querida me ha hecho amar tanto a mi carrera. ¡Pero háblame de tú, por favor, estoy vetarra pero no es para tanto!

 

– ¿Eres cómo García Márquez, que trabaja para que lo quieran?

 

– Fíjate que sí. Y para querer también ¿no? Yo adoro al público. ¡Al público ni me lo toquen! Y ellos lo saben, por eso me quieren tanto también. De una cosa estoy muy segura: Yo soy la única a quien quieren así. Nadie tiene el cariño que me tiene el público. ¡Nadie! Lo sé. Hablo de los vivos, por supuesto, no me puedo comparar con un Pedro Infante, los muertos ya son harina de otro costal. Pero a mí, llevan 30 años diciéndome La Novia de México y queriéndome más cada día. Y es recíproco ¿eh? Mi familia es cualquiera en la calle, y me enorgullece mucho que así me sientan. Me ven y dicen “¡Aaayyy, Angélica!”, y me besan, y me abrazan. ¡Soy privilegiada¡ Si se me poncha la llanta en cualquier lugar y en cualquier hora, sé que para mí no es peligroso, porque cualquiera que pase se va a parar a ayudarme. ¡Soy de la familia! Cuando el público te quiere, no hay nada que acabe ese cariño. A menos de que seas un desgraciado o hagas algo feo. Y hasta eso, te disculpan, fíjate.

 

– Lograste tu anhelo, que te quisieran…

 

– Me hubiera gustado que fuera mundialmente ¿verdad? ¡No, no es cierto! Yo, con ser la novia de mi país, con eso tengo. Aunque nací en Nueva Orleans, este es mi país. Yo soy mexicana no como ustedes que nacieron aquí de chiripa, yo lo soy porque quise serlo, lo escogí, renuncié a mi nacionalidad norteamericana. Dicen que nadie es profeta en su tierra y mírame. ¡Porque más mexicana que yo, no hay! Yo amo y defiendo mi tierra y lloro por ella y me duele y me encanta, me encanta el sentido del humor que tenemos, me encanta nuestro modo, me encanta como somos… Me encanta que estemos despertando, también. Ver que somos capaces de poner un hasta aquí.

 

– Aludes directamente a la guerrilla zapatista en Chiapas…

 

– Me duele que sucedan cosas, que haya muertos, que haya dolor, pero pues parece que solamente así… No lo estoy diciendo yo, lo estás diciendo ellos mismos: el pueblo tiene hambre, y ya se cansó…

 

Prorrumpe en llanto, y se apena:

 

– ¿Ves por qué dicen que soy cursi? Me da una pena horrible, pero es que yo amo este país, lo quiero con toda el alma, le estoy muy agradecida… Y me duele. Vamos a ver qué pasa. Yo pienso que las cosas buenas tienen que empezar ya. Algo bueno tiene que suceder… Fíjate, lo que era maravilloso de este país era la paz. Tienen que cuidarla. Tienen que cuidarla. Es hora de que se piense en regresar a la paz, pero la verdadera paz, a una paz en la que todos estamos contentos. Ya es hora. Ya fue mucho. El país entero está resentido.

 

– Chiapas está tan lejos que dicen que le pertenece más a Centroamérica. ¿Qué relación ha tenido La Novia de México con aquel estado?

 

– No, pues Chiapas no está lejos ¿verdad? Yo he tenido una gran relación con Chiapas, quiero muchísimo a los chiapanecos. Cuando hice una lacandona en una telenovela, Yara, los indígenas vinieron aquí y me hicieron princesa lacandona… Pero no, mi niño, Chiapas está aquí, y la prueba la estamos viendo. Muy lejos muy lejos, y mira, son los que están respondiendo y dando en la torre… Pero te digo, yo espero que las cosas se pongan bien. Deben ponerse bien. Ya es hora de que se pongan bien…

 

 

*   *   *

 

Angélica María Hartman Ortiz ha cumplido tres décadas de lo que ella denomina “un romance de cuento de hadas” con el público mexicano. Aunque inició su carrera como actriz infantil en 1950, lo que la llevó a trabajar al lado de las grandes luminarias del cine de aquellos años –Pedro Infante, Domingo Soler, Arturo de Córdova, Marga López, Prudencia Griffel, Sara García–, y a ganar un Ariel a los ocho años de edad, fue en sus inicios como cantante, en 1963, cuando el periodista Octavio Alba la comenzó a llamar La Novia de México. El público secundó el nombramiento y lo ha ratificado hasta la fecha.

 

“En abril espero que salga mi nuevo disco con Alejandro Jaén, donde hay un tema especial que le pedí escribiera; se llama Gracias y es una canción de amor a un hombre que siempre ha estado conmigo, que nunca me ha abandonado, que me ha sido fiel, que me ha  puesto a la altura de las estrellas y que nunca me ha dejado caer. Al final dice: “Gracias a ti, público, te amo igual que tú a mí,,,” Se me enchina la piel cuando la escucho, porque en realidad que ha sido un romanzote padre, yo creo que envidiable. Estoy tan agradecida… Llegará el día en que me tenga que retirar ¿verdad? Ojalá tenga yo la fuerza necesaria para hacerlo a tiempo. Pero si no, pues ahí voy a seguir de viejita dándole duro”.

 

– ¿Cómo imaginas a Angélica María anciana?

 

– No sé, yo no quiero envejecer todavía. ¡No puedo, además! Tengo una hija de 18 años que no me deja. Yo siento que me quedé, qué te digo, en los 30 años de edad ¿eh? Aunque ya soy cuarentona, casi cincuentona, me voy a quedar treintona hasta que diga ¡ay, que flojera! Yo creo que algún día me dará flojera. Pero seguir en la carrera, quién sabe, porque ya dar lástimas y… Fíjate que una vez fui al teatro a ver a María Conesa y escuché cómo la gente decía: “A ver si aquí estira la pata la viejita”. Ya cuando uno es motivo para cosas morbosas y bromitas y chistecitos, no, no quiero… Porque lo mío deveras ha sido un idilio, re bonito, no quiero que termine en eso. Tal vez me retire antes. Pero todavía amenazo con estar varios años más.

 

 

*   *   *

 

 

Último fenómeno de mitificación de una estrella de cine en nuestro país, Angélica María se convirtió, desde el celuloide, en símbolo de la juventud de los años sesenta; por lo menos, en el arquetipo de sus anhelos. Su encanto alcanzó a la intelectualidad para ser, de hecho, musa del movimiento "Literatura de la Onda" en losc años sesenta. Inspiró a José Agustín su novela Abolición de la propiedad y, en su única incursión como director de cine, Ya sé quién eres (te he estado observando), el escritor la llevó como estelar, además de hacerle los guiones de películas como Cinco de chocolate y uno de fresa y Alguien nos quiere matar. Parménides García Saldaña escribió también en torno a ella y no hay obra de Luis Zapata en que no aparezca el nombre de Angélica María; su homenaje mayor para la que denomina “figura mítica de mi adolescencia” está en la novela que publicó en 1989: La hermana secreta de Angélica María.

 

– Sí, he tenido mucha relación con gente muy importante y sensacional. Me críe en el cine, y ahí –salvo un cierto bache que hubo en una época– siempre ha sido gente muy culta la que ha estado, entonces yo crecí, qué te digo, con los Luises Alcorizas y los Luis Buñuel y los Gabriel García Márquez, iban a casa de mi madre que era productora, siempre estaban allí, o nosotros en casa de ellos. ¡Bueno, te voy a decir que El Amigo es Luis Zapata! Es lindísimo, lo adoro. Parménides fue otro amigo enorme, lo conocí porque en los años sesenta y setenta me tocó estar muy cerca de un grupo sensacional, ahí conocí a Leñero, a Aridjis y a tantos. Es además la época en que empiezo a leer y me empiezo a preocupar ¿no? Fue una suerte para mí porque ¡qué bárbaro! Qué momento ¿verdad? de escritorazos, todos los autores latinoamericanos ¡divinos!

 

– ¿Cómo fue tu relación con José Agustín?

 

– Nos queríamos echar al plato ¡No es cierto! (ríe) En realidad, creo que los dos nos enamoramos, desde luego yo de su talento me enamoré, y él del mío, yo pienso, pero pues las cosas no podían ser porque Agustín estaba casado; hubo una separación allí en el momento en que aprovechamos un poquito pero no, no acabó de separarse y yo soy incapaz de eso, con permisito y adiós. Pero yo sí me enamoré de José Agustín. Muy brillante, estupendo, para mí fue el mejor de su época, el que creó un estilo, el que hizo que la juventud hablara de una cierta forma. Y yo sigo siendo admiradora de José Agustín. 

 

*   *   *

 

 

En la sonrisa de Angélica María radica, evidentemente, el secreto de su magia.

 

– Es la sonrisa de mi papá. Él era un musicazo, Arnie Hartman, un griego sensacional que nomás se paraba en el escenario, se reía, y ya con eso era suficiente. Además de su talento ¿no?, porque él agregó armonías al acordeón, y era un buenazo, iba antes de Frank Sinatra, en fin… Pero era flojo, y acabó con su carrera él solito. Murió hace un año apenas. De él heredé la cosa musical y el ser artista. Me parezco mucho a mi papá, menos la nariz, los ojos y la boca; la forma de cara es de mi mamá… La que es igualita a mi mamá es Angélica, mi hija. ¡Abueleó! Por cierto ¿ya viste su show? ¡Tienes que verlo! Te va a encantar, son dos horas en el escenario, canta, baila, actúa, sabe de teatro lo que no sabe nadie. Escribe también, ya va a entrar a la escuelade Sogem. Se echa a cualquiera Angélica. ¡Es mi orgullo, mi vida entera! Pero es que, a ver, díme, ¿quién hace lo que hace Angélica? Bien poquitos. Yo.

 

Pierde la sonrisa por un momento, cuando uno de sus aretes se rompe. El reportero ríe, ella voltea con seriedad y dice:

 

– A mí no me da risa. Es la primera vez que me los ponía.

 

Se va, y regresa otra vez sonriente con un nuevo par de aretes. “¿Por qué los harán tan malos? Nada hay peor que eso. Eso y las dietas. ¡Ay, para qué me acordé! Me comí un pan con aguacate, ¡ahora voy a tener que hacer doble ejercicio!”. 

 

– ¿El carisma ha sido más definitivo en tu carrera que el talento o la vocación?

 

– Yo creo que la entrega ha sido lo más importante. El público sí sabe que me entrego cada vez que hago algo, aunque no siempre he hecho lo que he querido. Yo no he hecho ni La Película, ni La Obra de Teatro, ni La. Mi madre y yo nos hemos juntado para hacer las obras de teatro y las ponemos lo mejor posible y al público afortunadamente le gusta, pero siempre me he sentido en deuda con la gente. Que ahora vean las películas que hice y que se mueran de risa y les gusten muchísimo, es otra cosa ¿no?, pero yo como actriz siempre he estado un poco frustradona. Ahora que resurge el cine, con gente tan talentosa, me gustaría hacer una buena película. Ojalá me llamen para hacer algo.

 

– Se ha hablado de una película con Jaime Humberto Hermosillo.

 

– Sí, seríamos María Rojo y yo los estelares. Cuando éramos niñas estuvimos en una obra de teatro, La mala semilla; las dos hacíamos el mismo papel; como íbamos a la escuela, nos alternábamos para que no estuviera muy pesado. Chucho Valero era el director; yo ya tenía ocho películas y el me buscó, estaba fascinado conmigo. Hace poco nos encontramos María y yo y pensamos que sería padrísimo hacer una película de la estrella y la actriz de cine: lo que María envidiaría de la estrella de cine, la famosa, lo que era yo, y lo que yo envidiaría de ella ¿no?, hacer las películas buenas, en fin… Es un proyecto muy bueno, pero cuando me enviaron el argumento yo hice una serie de observaciones, porque, aunque no es una autobiografía, lo parece, y lo que ellos escribieron no tiene nada que ver con mi vida. Yo quiero hablar con ellos para ver si se puede componer, porque ahí parece un títere de la madre la pobre Angélica María, es una estúpida, y le choca ser Angélica María en muchas cosas. Yo estoy muy orgullosa de todo el cariño que me tiene el público, el que no esté orgulloso es un imbécil. De veras que me indigné. Tener una madre que siempre ha sido mi amiga y mi apoyo y que cada vez que yo la necesito allí está la señora, oye pues qué padre ¿no? Yo así soy también para mi hija, creo que todas las madres queremos ser eso para nuestros hijos. La Ortiz no es una vieja chantajista como sale ahí, que me domina…

 

– Esa es la idea que se tiene de una estrella, que tiene que ser manejada por alguien.

 

– Bueno, pero es que hay estrellas así y otras que no. ¡Oye, como hay güeros y hay prietos! Hay compañeros artistas muy débiles. Yo no estoy entre ellos, no soy una gente débil, creo que lo he demostrado en todo. Al contrario, se necesita mucho carácter y mucha fuerza para no caer, por ejemplo, en hacer desnudos y cosas de esas. Soy una mujer fuerte en mis convicciones y no quise dar ese ejemplo ¿verdad? Yo respeto a quien tiene la facultad de poderse desnudar. Yo no podría –soy penosa, qué quieres que te diga– y no los hago.

 

– Pero esa sensibilidad exacerbada en los artistas ¿los vuelve seres vulnerables?

 

– Yo tengo una sensibilidad más desarrollada que otras personas, como todos los artistas que de veras son artistas. Pero yo no tengo traumas. Soy una mujer equilibrada, lo fui desde muy jovencita: ni me tuve que ir de mi casa, ni tuve que ir a fumar mota, ni nada. Siempre tuve mucho amor alrededor mío, fui una niña demasiado amada. Soy una mujer muy feliz, derecha, equilibrada, y… buena persona. Pero bruta no.

 

 

– Tú ya trabajaste con Hermosillo…

 

– Sí, en 1971 estuve en su primera película, La verdadera vocación de Magdalena. No le he de haber gustado mucho, porque no me volvió a llamar (ríe)… Es que saben que no me desnudo, y ahora casi todas las películas inteligentes tienen desnudos, lo que quieran, pero desnudos no.

 

– ¿Esa línea de conducta te ha sido impuesta por la imagen que tiene el público de ti?

 

– Mira, como yo crecí siendo artista, ha sido junto con pegado, no me he dado cuenta. Para mí, mi vida personal y la artística son lo mismo. No puedo separar una cosa de otra. Por eso siempre he buscado como pareja a alguien que esté dentro del medio para que me comprenda… Pero ni así, mi niño. Los señores se apantallan mucho, es molesto para ellos que en todas partes la gente llegue y me bese, o que me vean o me sigan. ¡Y  yo no noto eso, fíjate! No noto que en un restaurante nos están viendo todos, por ejemplo, no lo noto porque estoy acostumbrada.

 

– Y cuando nadie te voltea a ver ¿cómo te sientes?

 

(Guarda silencio un instante, como quien intenta imaginar algo no vivido)

 

–…¡Debe ser horrible! Imagínate, en el desamparo total se ha de sentir uno. ¡Ay no, yo no quiero eso!... No lo voy a vivir, afortunadamente. Ya no lo viví, porque cuando esté viejita habrá alguien que me recuerde y diga: ¡“Mira, es Angélica María!”…

 

 

La Jornada, Febrero de 1994.

 


Publicado el Martes, 02 Julio 2013 03:32
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