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Salma Hayek y el poder

Guadalupe Castro | 19:28 - 15 Julio 2013

Tenía un pie en el umbral para convertirse en la estrella de Hollywood que ahora es. Salma Hayek, en la plenitud de su belleza y su ambición, revela en esta entrevista realizada hace 18 años: “A mí no me interesa ni la fama ni el prestigio. Me interesa el poder”.

 

Todavía estaba fresco el recuerdo de “Teresa”, la telenovela que protagonizó en 1989 y que la catapultó a la fama en México. Lejos de seguir la ruta televisiva, Salma buscó algo más. Se acercó a otro tipo de artistas, como fueron las del grupo de Jesusa Rodríguez, pero al parecer no encajó. Todavía recuerdo su rostro sin maquillaje, un tanto aniñado, en la presentación de un libro de Carlos Monsiváis en el Centro Cultural San Ángel, acompañada de Paloma Woolrich, intentando llamar la atención de un público que no la conocía puesto que no veía televisión.

 

Buscaba Salma algo que siempre “viste” a las estrellas de la farándula: el contacto con los intelectuales. Fue bajo esa intención que un día decidió visitar la redacción de La Jornada que es, por antonomasia, el periódico de la clase ilustrada.

 

Llegó al diario, entonces ubicado en la calle de Balderas, con tres horas de retraso y una serie de llamadas previas para disculparse: “Ya voy, hay mucho tráfico”. Más tarde aún, debo decir, llegué yo, y sin embargo me esperó. Ese hecho determinaría el tono retador de la entrevista, en que ella se dirigía a mí como “Luisito” para minimizarme, y yo le reviraba llamándola “Salmita”.

 

Iba en compañía de su padre, Sami Hayek, empresario que dos años después se postularía sin éxito para presidente municipal de Coatzacoalcos, Veracruz. Con ellos, una joven asistente.

 

Era fin de semana y el jefe de la sección cultural, Braulio Peralta, descansaba. Raquel Peguero lo suplía e hicimos la entrevista en su oficina. El fotógrafo, una leyenda: Pedro Valtierra, por entonces jefe de fotografía del periódico.

 

Salma, quien llegaría a ser nominada al Oscar como mejor actriz y se casaría con uno de los hombres más acaudalados del mundo (el francés Henri Pinault, cuya firma es propietaria de Gucci e Yves Saint Laurent, con quien tiene una hija, Valentina Paloma), contaba cómo le ganó una a la mismísima Madonna: el papel que estaba por interpretar en “Del crepúsculo al amanecer” que sería el que la diera a conocer en “La Meca del cine”. Años después le ganaría otra a “la reina del pop”: la interpretación de Frida Kahlo en una película producida por ella misma. Eran los años posteriores a Blonde ambition, la gira emblemática de Madonna. Ahora arribaba Brunette ambition.

 

Aunque de gran belleza, Salma es más un fenómeno de fotogenia que una mujer que detenga el tráfico. Tal vez por su pequeñísima estatura. Recuerdo que le pidió a Raquel Peguero acompañarla al baño, para lo cual debieron atravesar la redacción completa de La Jornada que era un salón enorme, y sin embargo nadie se percató de su presencia. Después Raquel me contaría que, al salir del baño, Salma le preguntó: “¿Oíste cómo oriné? ¡Muchísimo! Es que tomé mucho agua”.

 

Así era, y así debe ser todavía, Salma Hayek: protagónica hasta la pared de enfrente. Al término de la entrevista, su padre comentó que era la mejor que había presenciado que le hicieran a su hija, y ella de inmediato se adjudicó todo el mérito: “Es lo que te digo papá: si me hacen buenas preguntas, yo doy declaraciones grandiosas”.

 

Recordé esta charla con Salma y decidí revivirla a raíz de su más reciente controversia, cuando en el programa de David Letterman cantó el Himno Nacional de Estados Unidos mejor que el de México.

 

Tiempo después de la entrevista, la traté por espacio de una semana cuando me tocó cubrir un festival de cine en Cancún (olvidable por cierto, pues no pasó de la primera edición) al que ella acudía como jurado luego de haber hecho lo mismo en Cannes. Usaba, junto con sus elegantes atuendos de diseñador, un rebozo distinto cada día. “Los voy a poner de moda”, presumía. Nos saludábamos a diario, y nunca desaprovechó la oportunidad para lanzarme un comentario sarcástico. Me siguió llamando “Luisito”.

 

Después de 18 años, lo que más me impresiona de aquella entrevista con Salma Hayek es lo que refiere al final: su miedo patológico a las víboras:

 

“Yo no le tengo miedo al fracaso, ni a las alturas, ni a las profundidades. Sólo a una cosa le he tenido miedo en la vida: a las serpientes”.

 

Se proponía vencer aquel, su único miedo, para dar su gran salto a Hollywood, y se valía hasta de la hipnosis. “Estoy a ¡así! de superarlo”, anunciaba. Un año después, la vimos bailando semidesnuda en Del crepúsculo al amanecercon una boa constrictor albina.

 

LER

 

 

 

 

 

 

“Más que fama y prestigio, me interesa el poder”

 

 

 

Luis Enrique Ramírez

 

 

 

Salma Hayek no dedica empeño alguno en controlar sus incendios interiores, sus urgencias. Parece igualmente obsesionada en la admiración de las masas en las salas cinematográficas del mundo, que en la de las cinco personas que ahora tiene enfrente. Su tema favorito es ella misma, sus hazañas, sus gracias, sus virtudes que ostenta segura del aplauso inmediato, de la risa general ante sus ocurrencias o del poder hipnótico que ejerce con sus ojos, siempre abiertos con desmesura, fijos en los de su interlocutor.

 

Se antoja demasiado segura de sí misma para su edad, o para la que es posible calcularle puesto que, desde que sobrepasó los 20 años, mantiene su fecha de nacimiento en el misterio. Hiperquinética y cambiante, transita entre actitudes de niña caprichosa y desplantes de diva, avasalladora por naturaleza, ávida de ser el centro, el eje, el único motivo posible de atención. “Siempre he sido así, desde que tengo uso de razón”. No requiere de gran esmero para conseguirlo, señalada con ese don que llaman ángel, carisma, encanto, piedra-imán que en su caso agigantan las cámaras de cine.

 

Más aún que todo lo anterior, tan abstracto o tan mamón, a Salma Hayek la determina una característica que ella confiesa sin pudor ni culpa: la ambición.

 

“Mira, Luisito, como me molesta que me repitan tanto eso, te voy a decir una cosa, de una vez para que se la sepan: a mí no me interesa tanto la fama ni el prestigio. Me interesa el poder. Es lo único que me va a dar libertad de hacer lo que me gusta. Si alcanzo cierto nivel en Estados Unidos puedo aquí escoger mis personajes, puedo levantar proyectos, puedo irme a España, a Argentina. Es una realidad, para qué nos hacemos tontos, para qué te echo otro rollo. Mi estrategia está enfocada a eso. Sí, soy muy ambiciosa y me encanta el poder”.

 

– ¿El poder político también?

 

– No, para nada. Mi ambición está centrada en el arte.

 

– ¿En el cine de arte? ¿No te interesa el glamour del celuloide?

 

– Fíjate hasta dónde llega mi ambición: yo me quiero ir por los dos lados. Hice un papelito en Fairgame, que es una película comercial, un papel que es una porquería verdaderamente espantosa. Hubiera dicho no lo hago y ya, pero pensé: Espérame tantito. Sí, pero yo reescribo mi escena, yo la voy a hacer así, yo me voy a dirigir prácticamente. ¡Órale! Tú no sabes lo que me divertí, me fascinó cómo me quedó el personaje.

 

“Aquí en México se dividen en los de Televisa y los intelectuales: los intelectuales hacen cosas de una densidad.. Y también acaban haciendo cosas con Televisa. Y Televisa es una cosa de una superficialidad… aunque a veces buscan hacer cosas distintas. ¡Y a mí, para serte franca, me vale gorro! Yo hago lo que a mí me gusta. Si no me da la gana no lo hago.

 

“No estoy buscando una identidad… Si me gusta pertenecer a un cine innovador, es excitante, es emocionante, es divertido… Pero por ejemplo Abel Ferrara que hace cine de arte, a mí no me gustaría trabajar con él. A lo mejor dentro de tres años trabajo con él, porque todo lo que yo te diga hoy mañana puede ser lo contrario. ¡Así es que publica esta entrevista rápido!”

 

 

*    *    *

 

 

Salma Hayek es, al parecer, la nueva integrante de una pléyade de figuras tan radiantes como escasas: la de las mexicanas triunfadoras en Hollywood. Dolores del Río, Lupe Vélez, Katy Jurado. Es la actriz protagónica de Desperado (o El Mariachi II) de Robert Rodríguez. Acompaña, con William Baldwin, a la top model Cindy Crawford en su debut cinematográfico en Fairgame y está por aparecer en la nueva película de Quentin Tarantino: From dusk till dawn (Del crepúsculo al amanecer), en un papel pequeño pero de impacto visual tal que fue solicitado por Madonna. “El rol ya se asignó a Miss Hayek”, fue la fría respuesta de Tarantino, amigo personal de Salma al igual que Robert Rodríguez.

 

“Es como una familia… Todos estamos locos”.

 

El día 25 próximo viaja al Festival de Cannes en calidad de estrella: primera clase, suite en el Carlton, limousina, vestidos que ya le envió Giorgio Armani, invitación a todas las fiestas…

 

El gesto de aparente sencillez de Salma Hayek de visitar la redacción de La Jornada no es sino parte de su notable talento para las relaciones públicas. Su técnica puede desconcertar, pero jamás fallar al objetivo. “¿Cómo esta niña me habla en diminutivo?”, se pregunta uno, pero acaba ilusionado con que es un cariñito.

 

Llega, en jeans y pantiblusa azul, tres horas después de lo acordado, a las 8 y media de la noche. Con unos cuantos brochazos desaparece los efectos de 12 horas de travesías por la ciudad en entrevistas y sesiones fotográficas. “Sácame bellísima”, dice a Pedro Valtierra.

 

Es, de hecho, un fenómeno de fotogenia. En persona puede asemejarse a una muñeca Barbie, pero morena: la cintura extraordinariamente breve, las curvas de proporcionada generosidad, el rostro pequeño y la singular hermosura de su mezcla racial libanesa-mexicana. Todo, en 1.60 metros, la estatura que declara.

 

Bebe agua en cantidad excesiva, su botellón siempre a la mano. Toca al reportero en la rodilla, en el hombro: “Y fíjate que…” Mesa con frecuencia su cabellera, la mueve de un lado a otro. Más bien, se mueve toda ella con soltura, en un afán compulsivo por teatralizar cuanto dice, asombrosamente vital.

 

El trajín el día entero parece no haber existido. Exhausto, pero con mirada de ternura y de orgullo ante su obra, la observa su padre. “Anda conmigo para todas partes. Si no ¿cuándo lo veo?”. Tiene solamente un hermano menor. “Yo fui siempre muy mimada”.

 

 

*    *    *

 

 

– ¿Y no te cansas, Salmita?

 

– No. Siento que el cuerpo se habitúa a un ritmo. Y este es el ritmo que he tenido desde hace mucho tiempo ¿me entiendes?

 

– ¿Desde que eres estrella?

 

– ¿Desde cuándo soy estrella?

 

– Desde Teresa ¿no?

 

– Bueno, ahí fui estrella un tiempo y luego dejé de ser estrella.

 

– ¿Y cuándo no eres estrella qué haces?

 

– Lo mismo. Cuando no estás en friega trabajando estás en friega buscando trabajo. No hay manera de escape. Lo que pasa es que a veces te ponen una estrella que nada tiene qué ver contigo, igual te la quitan y al rato te la vuelven a poner. Es una cosa que no tiene la menor importancia. ¡La verdad es que yo siempre he sido estrella! A veces se dan cuenta y a veces no. La gente de repente ve una parte de ti que normalmente no ve, algo la hace muy obvia y es un juego muy chistoso.

 

– ¿Reconoces en ti una necesidad natural de protagonismo?

 

– Quizá sí, esta cosa de esforzarte por ser la mejor es algo que tengo desde niña, lo mismo en la escuela que en la equitación que en la gimnasia, empecé yo solita a los 9 años, ¡viendo a Nadia Comanecci! Soy muy apasionada de las cosas. Pero yo hablo de ser la mejor no en comparación con otra persona. Eso es perder tempo y energía. Yo hablo de ser la mejor que yo puedo ser.

 

“Y al lograrlo creo que hay inclusive una reacción orgánica. En gimnasia, cuando logras una caída perfecta sientes algo en el cuerpo, hay una especie de orgasmo… A mí me gusta sentir esa reacción química cuando salen las cosas bien. Se vuelve uno un poco adicto a eso y es una cosa terrible porque se llama perfeccionismol Yo soy Virgo”.

 

– ¿El perfeccionismo físico también lo buscas?

 

– No.

 

– ¿Consideras que ya lo tienes?

 

– No. Me encuentro muchos defectos.

 

– ¿Cuáles?

 

– ¿Pero tú crees que yo te los voy a decir?

 

– ¿No te sientes especialmente bella?

 

– No. Yo me vengo viendo la misma cara desde que nací, y ya me acostumbré a verla. Ahora, yo soy muy juguetona con la gente, me da un poco de risa, ya sé lo que le va a gustar, cuál será su reacción, y me divierte: que si el maquillaje, el cabello, el vestido… Juega uno diferentes papeles. Yo sé que esto se llama esquizofrenia, pero no creo que haya actor que no la tenga. ¡Qué aburrido ser nada más uno!

 

– ¿Ya no vas a hacer telenovelas?

 

– Yo hago una novela con Televisa el día que yo quiera y he tenido esa posibilidad siempre. Pero no voy a hacer televisión. No me interesa. Ya se me olvidó qué es ser actriz de televisión. No existe en mi vida. No me gusta porque te carrerean mucho, y yo perfeccionista, ¡Imagínate!

 

“Te voy a decir una cosa: francamente no tengo televisión. Y si la tengo no se me ocurre prenderla, ¡no me acuerdo, pa’que me entiendas! Yo no veía ni 'Teresa'. Además mi agente en Los Ángeles me advirtió que si yo vuelvo a hacer televisión él deja de trabajar conmigo. Dice que no me favorece, que yo tengo en los ojos algo que sólo la cámara de cine logra captar; la de televisión no”.

 

 

*    *    *

 

 

Salma Hayek estuvo en México por unos días para la promoción de su primera película mexicana. El callejón de los milagros de Jorge Fons. Se habla de que será también la protagonista de la versión fílmica de Quererte fue mi castigo, la novela de Javier González Rubio.

 

Ella no sabe a ciencia cierta qué pasará, porque Robert Rodríguez le ha dicho que es su descubrimiento y debe trabajar para él en exclusiva. Él su Pigmalión, ella su actriz fetiche. Por lo pronto, está lista para trabajar con Tarantino. “Casi lista”, aclara:

 

“Yo no le tengo miedo al fracaso, ni a las alturas, ni a las profundidades. Sólo a una cosa le he tenido miedo en la vida: a las serpientes. Dos veces he entrado en estado de shock por verlas; me han dicho que esto proviene de otra vida, en Egipto, todo un rollo. Ahora estoy haciendo ejercicios, me he hipnotizado y estoy a ¡así! de superarlo.

 

Es el reto más grande que he tenido en mi vida, y esto se lo debo agradecer a From dusk till dawn, porque mi papel ahí es de una bruja o vampira que sale bailando con una serpiente en la cabeza. Y entonces sí, podré decir que ya no le tengo miedo a nada”.

 

 

 

 

La Jornada, 11 de mayo de 1995

 

 


Publicado el Lunes, 15 Julio 2013 19:28
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