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Domingo 08 Diciembre 2019 19:00 hrs

El invierno luminoso de Rufino Tamayo

Luis Enrique Ramírez | 22:47 - 20 Mayo 2013

En 1990, un año antes de su muerte, Rufino Tamayo celebraba haber rescatado el museo que lleva su nombre de las garras de Televisa, empresa que lo manejó durante sus primeros cinco años de existencia. 

 

 

Lejos estaba de imaginar el inmortal artista mexicano, uno de los principales exponentes de la plástica mundial del siglo XX, que 22 años después el recinto que alberga su colección, habría de sufrir una afrenta similar: en agosto del año pasado, a una de sus salas le fue impuesto el nombre del desprestigiado político priista Carlos Hank Rhon, hijo del fundador del “Grupo Atlacomulco” que llevó a la Presidencia de México a Enrique Peña Nieto.

 

Para entrevistar a don Rufino Tamayo fue menester una espera de varios años, en los cuales se levantó sobre mí la barrera infranqueable de Olga, su esposa, agente, musa y celosa guardiana. A las habilidades de Olga para los negocios se atribuyen las multimillonarias cotizaciones que alcanzaron los cuadros de Tamayo, un hombre sencillo que nunca dio valor al dinero. El mejor retrato de ella lo hace Elena Poniatowska, en la entrevista que le costó la amistad del matrimonio, donde describe cómo, mientras entrevistaba a don Rufino, Olga hablaba por teléfono, en pésimo inglés, con mal disimulada ambición por los billetes verdes. 

 

Con todo, debe reconocerse que Olga supo respetar la voluntad de su esposo, quien al no haber tenido descendencia, heredó en vida su obra (la propia y la de sus colecciones) al pueblo de México.

 

Cuando este servidor ya había renunciado a la idea de entrevistar a Tamayo, la oportunidad, literalmente, cayó del cielo. Para propia sorpresa, la entonces directora del Museo Rufino Tamayo, Cristina Gálvez, me la ofreció en bandeja de plata, luego de una crónica sobre el retorno del maestro de su exposición retrospectiva en Europa, sin duda el homenaje más importante que recibiera en vida.

 

Para entonces, don Rufino ya estaba muy cansado, pero Olga, más: ella a un paso de la senilidad, mientras él conservaba algo de fuerza física a los 90 años de edad, y toda su lucidez. Seguía pintando. 

 

Sin la intromisión de la esposa que fue un tormento para muchos de quienes entrevistaron a Tamayo por sus constantes interrupciones, este encuentro se desarrolló en medio de total tranquilidad y colaboración del maestro Tamayo, quien estuvo particularmente emotivo y cuya afabilidad nunca dejaré de agradecer.

 

LER

 

 

 

“Trabajo ocho horas diarias, como cualquiera…”

 

 

Luis Enrique Ramírez

 

 

– ¿Y dónde está el señor Tamayo?

 

Olga pregunta por su esposo, Rufino.

 

– Se encuentra en el salón contiguo, señora – responde alguien.

 

– Ah.

 

Rufino Tamayo sufre el tormento del encierro en un cuarto diminuto al que ostentosamente llaman Salón Mexicano, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, al arribar a la ciudad de México luego de que asistiera a la inauguración de su exposición retrospectiva – “la más importante que he tenido” – en el Museo del Ermitage de Leningrado. Es una claustrofóbica conferencia de prensa ante una veintena de reporteros que lo asedian.

 

Cristina Gálvez, directora del Museo Tamayo, habla emocionada de las sorprendentes cantidades de público que acudieron a la exhibición en los días siguientes a su apertura. “El cuadro El rocanrolero causó un gran impacto, los jóvenes preguntaban mucho acerca de esta obra”.

 

La reportera Raquel Peguero pregunta a Tamayo:

 

– Maestro ¿usted es rocanrolero?

 

El pintor sonríe, mueve la cabeza lentamente y contesta lacónico:

 

– No.

 

Óscar Sánchez, el más joven de los reporteros, interviene:

 

– ¿Qué lo llevó a pintar ese cuadro?

 

– Es una cosa actual, es una cosa que vemos por todos lados, participa de la vida nuestra en este momento…

 

 

*   *   *

 

 

El pintor, que apenas en diciembre fue operado del corazón, guarda una actitud apacible. Es notorio el cansancio tras las 12 horas de vuelo. Sostiene entre sus manos un corsage de orquídeas que una admiradora le obsequió. Porta una bufanda morada.

 

En la sala de junto, Olga Tamayo espera en una silla de ruedas que solicitó anticipadamente previendo la inflamación de sus pies durante el viaje. Un abrigo negro de pieles la cubre. Su cabello es corto; hace tiempo que eliminó el chongo con el que su marido y otros pintores y escultores la inmortalizaron. Ve llegar a Carlos Ocampo, el jefe de prensa del museo, y advierte:

 

– A la prensa, siempre le he dicho que no.

 

El funcionario parece no escucharla:

 

– ¿Cómo está, señora?

 

– Bien, bien, bien. Nomás que el señor Tamayo todavía está muy débil, cansado de todo, queriéndose acostar y no comiendo nada. Habíamos pensado en irnos de Leningrado a Marruecos, pero no. Le decía yo: “¡Come!”, y me contestaba: “¡Déjame en paz!”. Ah, pues no comas. No le da hambre. Nada, nada. Una Coca-cola, nomás. Le da asco todo.

 

 

 

*   *   *

 

 

Concluida la rueda de prensa, Rufino y Olga se reencuentran sin decirse nada. Caminando él –del brazo de Cristina Gálvez–, y en su silla de ruedas, empujada por un hombre joven Olga, se dirigen a la salida del aeropuerto. Allí los espera un Taurus para llevarlos a su casa en San Ángel Inn. Reciben el saludo de sus mascotas, dos perras mitad pequinés, mitad callejero. Tras los diez días de ausencia, Pepa lame la cara de Olga y Pili intenta hacer lo propio con Rufino, que no muestra emoción alguna.

 

Parte el automóvil y Cristina Gálvez, sin más, pregunta a este reportero: 

 

– ¿Quieres entrevistar al maestro? Yo te consigo la cita.

 

 

*   *   *

 

 

Luego de un fin de semana en Cuernavaca, Rufino Tamayo ha descansado lo suficiente como para seguir respondiendo a inquietudes periodísticas. Recibe a este reportero en la enorme y soleada casa llena de flores que habita en el Callejón del Santísimo.

 

Europa es el tema inicial de la conversación, el viejo mundo que él conoció cuando tenía 50 años de edad –hace 40–  y al que recién ha vuelto con un inusitado éxito.

 

– La primera vez que fui a Europa iba con el propósito de quedarme por allá. La idea era conquistar, pues, aquellos campos. Llegué poco después de la Segunda Guerra Mundial, que yo viví en Nueva York. Duré, me parece, tres años. Tuve una exposición que gustó mucho, se habló mucho de lo que yo hacía, pero regresé a México pese a que todo iba muy bien. Volví a Europa después, y me quedé viviendo en París como 12 años, sin ningún problema, porque inmediatamente yo tuve galerías, de las mejores. Sin embargo, a mí me ha pasado una cosa muy curiosa con París: el clima no me gusta. Por eso he regresado. Inclusive, mi mujer y yo compramos casa para quedarnos allá. Pero no es mi clima. Allá siempre está lloviendo. El ambiente es… apagado…

 

– ¿Muy distinto al de Oaxaca?

 

– Distinto, totalmente. Sentí nostalgia por el país. Aunque las cosas caminaban muy bien, yo estaba a disgusto. El sol me hacía mucha falta. Al regresar a México, inmediatamente se salió el color, con las sandías y todo eso. Es un infortunio que no me haya podido adaptar al clima.

 

– ¿París no lo mueve a la creación?

 

– No, no. Aunque en ese sentido no tengo problema, porque yo soy muy mexicano, no tiene remedio. En donde he estado, lo que me alimenta es México. 

 

– ¿Y esto le complace?

 

– Claro. Ya ve usted que siempre estoy haciendo cosas por México. Es decir, esa es mi meta: hacer, a través de mi pintura, que se conozca a México, que se le estime.

 

 

*   *   *

 

 

 

En 1926, Rufino Tamayo montó su primera exposición individual. Fue en la ciudad de México, e incluyó en ella óleos, acuarelas y xilografías. A fines de aquel mismo año exhibió un conjunto similar en Nueva York, en la Galería Weyhe.

 

– ¿Siente que ha tenido suerte?

 

– Pues mire usted, hay algo de eso, seguramente, porque cuando yo me inicié era muy difícil todo. Las primeras estancias mías en Nueva York fueron en los años veinte, imagínese, yo no sabía ni la lengua, no tenía amigos en aquel país, así es que fue duro al principio, muy duro. Nos aventuramos Carlos Chávez y yo juntos, porque teníamos el mismo criterio de hacer las cosas. Nos fuimos juntos y juntos fracasamos. Nos fue muy mal, tuvimos que regresar a México. Pero yo insistía, pues, en triunfar fuera, y luego me regresé a Nueva York, precisamente cuando se presentó la depresión económica en Estados Unidos, así que fue peor. Resultaron ser dos intentos muy desafortunados. Sí, es cierto que de inmediato se me dio galería y, en fin, había una acogida favorable a mi pintura, pero ¡No podía comer! Yo he pasado hambres desde el principio de mi carrera.

 

– ¿Y de niño?

 

– No, de niño no. Tuve la desgracia de ser huérfano desde muy chico, pero no sufrí hambre, porque me recogió una tía en Oaxaca. Ella luego tuvo que venirse a México, y fue quien me trajo aquí.

 

– ¿Era la vendedora de frutas?

 

– Sí, nomás que, por hacerme daño, las gentes siempre hablan de que era una vendedora de un puestecito. Y no. Era negocio en grande, ¡era por furgones! Era introductora de fruta de Veracruz y de Oaxaca. Tenía bodegas. A mí  siempre me hablan de que tenía yo un puestecito de naranjas en el Zócalo, y cosas de esas, las gentes que siempre están tratando de… qué le diré…

 

– ¿Le enoja que se diga eso?

 

– No, pero siempre se ve la mala fe ¿no?

 

– Tal vez no sea la mala fe, sino que eso se presta más a la leyenda…

 

 

 

– Bueno, quizá sea eso también, pero claro que es molesto, porque siempre se insiste. A mí lo que me  interesa es mi trabajo. La leyenda se hace sola. Me dicen que soy zapoteca, me dicen que soy maya… Mi familia era mixteca, y no mixtecos puros, claro que no. Somos mestizos todos. Yo soy mestizo.

 

– ¿Y su pintura?

 

– Pues yo creo que refleja eso.

 

– El color…

 

– Ese es más indígena. Yo tengo dos paletas, dos coloraciones: una que viene de mi observación de las cosas que se hicieron en la época prehispánica; los colores ahí son limitados, porque no había química, eran colores de tierras, era una cosa muy baja. La otra es la influencia de las frutas; yo viví entre naranjas y plátanos y piñas y eso, claro, se me quedó.

 

– Y luego lo marca una figura que es ya arquetípica en la pintura mexicana, su esposa Olga. ¿Sigue hoy inspirándolo ese rostro?

 

– Mire usted, para empezar yo no creo en la inspiración. Yo creo que uno, si tiene elementos para hacer lo que quiere hacer, pues lo hace. Yo empecé a dibujar solo, pero antes mi afición era la música, era fácil para mí. Eso, al venir a México, se borró, no sé por qué. Fue entonces cuando empecé a dibujar, y por ahí me fui hasta llegar a ser lo que soy.

 

– Pero ¿cómo nace la creación si no hay inspiración?

 

– Es la vocación lo importante. Si uno tiene vocación, las cosas salen, y entonces la disciplina es la que forma a la persona. Hay que ser disciplinados, yo creo en la disciplina más que en nada, y creo en el trabajo mismo. Yo trabajo ocho horas diarias, como cualquier trabajador.

 

– Si usted elige determinadas figuras que ¿no es debido a que ésas lo inspiran más?

 

– En mi caso, elijo las figuras que elijo porque mi tendencia es la de continuar la tradición mexicana, la india, que es la tradición madre. Lo otro es sobrepuesto. A mí lo que me interesa es la cultura india, que es riquísima, y que es variada. Esa es la causa maravillosa de la tradición mexicana. Como eran muchos reinos, con distintas lenguas y distinta cultura, la nuestra ahora es de una riqueza extraordinaria, cosa que no sucede en otros países. Mi idea no es copiar lo que se hizo, sino aprovechar todas las cosas venturosas que hicieron estas gentes, y continuarlas pero dentro del momento actual y, así, seguir esa tradición pero actualizándola, haciéndola de hoy.

 

– ¿Cómo ve la postura de los jóvenes de hoy frente a lo indígena?

 

– Mire, yo soy el iniciador de un movimiento aquí en México. Estuve en contra de la famosa Escuela Mexicana porque se refería a lo superficial de México, a lo que estaba pasando en ese momento, a la Revolución por ejemplo. Eso no es hacer una escuela mexicana: viene un extranjero y pinta indios, ¿entonces ya lo consideramos como indio? ¡Pues no! ¿Verdad? Yo siempre estuve en contra porque esa escuela tenía un propósito determinado: la Revolución. Es decir, estaba comprometida con un movimiento político, y no iba a escarbar en el suelo de México para sacar el jugo de nuestra tradición. Me llamaron traidor. Ahora ya no, pero me costó mucho trabajo. Por eso me fui,  entre otras cosas. Aquello ya se había vuelto una pintura oficial, pagada por el gobierno, porque les convenía a los gobiernos justificar la Revolución. Yo quería algo mucho más básico: chupar de la tradición nuestra y continuarla. Y ya ve usted que la cosa ha salido bien así. La pintura que se hizo de la Revolución ya no cuenta. Yo promoví la libertad y eso es lo que hacen los muchachos ahora, cada quien está tratando de encontrar su camino. Ninguno se ha vuelto a meter en aquello de los murales populares, la bandera, la hoz y el martillo y todas esas cosas. Hay un plano de libertad.

 

– Usted también ha realizado murales. ¿Qué función cumplió, entonces, su labor de muralista?

 

– La función de la pintura. El pintor debe conocer todas las técnicas. Yo no pinto solamente caballete, sino que hago eso y hago otras cosas. Prefiero la pintura de caballete, porque ahí usted puede hacer lo que se le pegue la gana. En el muro no. El muro es un compromiso. Desde el momento en que pinta usted un muro tiene que tomar en cuenta la arquitectura y eso ya es compromiso. El caballete no; es un laboratorio donde usted pinta una cosa y, si no le gusta, la borra y la vuelve a poner y a cambiar la pintura de caballete es libre enteramente, ahí puede hacer y deshacer.

 

– El arte que se hace con un propósito político, como el muralismo sobre la Revolución, ¿es arte?

 

– Puede ser. Yo no me opongo al tema, a lo que me opongo es a que el tema sea lo principal, lo que esté en primer plano. Y en esa pintura, el tema está en primer plano.  

 

– ¿Afecta al arte recibir apoyo del Estado?

 

– Claro que sí, porque no hay libertad.

 

– ¿Por qué, entonces los artistas demandan siempre subvenciones?

 

– Es otra cosa que yo no entiendo. Los artistas siempre están pidiendo que los ayuden. ¿Por qué? ¿Por qué el carpintero no pide ayuda al gobierno, ni el panadero? Los artistas son los que todo el tiempo están exigiendo que el gobierno venga y… A mí nunca me ha ayudado el gobierno. ¡Nunca! A mí nadie me ha ayudado. Yo me he hecho solo. Me costó mucho trabajo, pero lo logré.

 

– ¿Antepone la libertad a todo?

 

– A todo. ¡Pobre del arte si está comprometido! Si está al servicio de otras cosas, ya no tiene su calidad principal.

 

– Entonces, la libertad es…

 

– Es fundamental. No solamente en el arte, sino en todo.

 

 

 

 

*   *   *

 

 

La voz de Rufino Tamayo se quiebra cuando responde a la siguiente pregunta: 

 

– Y la libertad llevada al terreno personal, ¿cómo la ejerce?

 

– Pues yo hago lo que quiero, ¡siempre!... Y creo que hasta nos podemos poner un poco sentimentales en ese sentido: yo creo que el amor es una cosa fundamental…

 

– ¿El amor a la vida? 

 

– A la vida, a todo.

 

– ¿Usted ama la vida?

 

– La amo, y lamento que sea corta. Soy inconforme en ese sentido, porque uno quiere hacer muchas cosas que no va a poder hacer porque falta tiempo. Ese es mi caso.

 

– Pero usted ha hecho grandes cosas, maestro.

 

– Sí, he hecho muchas cosas, pero hay que hacer muchas más todavía.

 

– ¿Cuántos años  más quisiera vivir?

 

– A mí me gustaría vivir lo más posible.

 

– ¿Doscientos, quinientos?

 

– ¡Pues claro! – ríe.

 

– ¿Pintando ocho horas diarias?

 

– Pintando ocho horas. Pero desgraciadamente ya sabemos que no es posible eso y el destino…

 

– A los noventa años, usted luce muy bien.

 

– Será cuestión de disciplina. Soy muy cuidadoso porque yo, aunque no lo parezca, soy enfermo. Yo siempre he sido enfermo. Acabo de tener una operación espantosa, todavía estoy que no puedo caminar. Me siento débil… y va a tardar eso.

 

– ¿De qué se enferma? 

 

– Particularmente del estómago, tengo una colitis terrible. También estoy enfermo de por aquí (señala su cara); usted notará que hablo como si tuviera catarro, es una cosa que me molesta en todo; me estoy volviendo sordo por esto, estoy enfermo de los ojos por esto. He visto muchos doctores y nunca me han podido resolver ese problema. Además, casi no como, no me da hambre…

 

– El hambre de vida, esa sí es grande.

 

– Pues sí. La vida es hermosa. Y es dura también, las dos cosas. Uno tiene que manejar eso.

 

– ¿Usted la ha sentido más gozosa o más dolorosa?

 

– Ahora, después de un tiempo, pues es gustosa, pero al principio fue durísima.

 

– ¿Dejar Oaxaca fue doloroso?

 

– Bueno, no precisamente porque yo sigo allá, he estado haciendo cosas para Oaxaca, siempre. Estoy haciendo una casa para ancianos en este momento, espero que se inaugure este mes, y es la segunda casa de ancianos que hago. Es decir, lo que yo gano estoy tratando de devolverlo al pueblo de México haciendo cosas. He hecho dos museos…

 

– ¿Su arte no es suficiente retribución a México?

 

– Pero además, yo necesito devolverte económicamente al pueblo. Lo necesito…

 

 

 

 

*   *   *

 

 

 

Olga domina la casa Tamayo, en San Ángel Inn. Ella y su chongo, su rostro casi siempre imperturbable, se aparece con mil variantes en pinturas y esculturas colocadas por todos los rincones. Arriba, en la sala donde Rufino Tamayo concede esta entrevista, hay un gran piano de cola. Este también forma parte de Olga Flores Rivas, que era estudiante del Conservatorio cuando se unió en matrimonio, en 1933, al entonces incipiente pintor.

 

Encerrada en su recámara, Olga no se deja ver durante la hora que permanecemos en su residencia. Rufino Tamayo, por su parte, no desea hablar de ella; la evade como tema. En calidad de emisaria irrumpe la pequeña – aunque ya entrada en años – perra de Olga, que inspecciona al visitante y echa a ladrar. Le hace coro la mascota del maestro Rufino, quien les ordena guardar silencio. “no se preocupe, no hacen nada, nomás son gritonas…Ya ni dientes tienen”. Hay retratos de ambos animales colgados en una pared, con la firma de Martha Chapa.

 

Sentado en un pequeño banco, con un desgastado suéter amarillo y pantunflas, Tamayo es paciente ante el cuestionario.

 

– Maestro, usted que se ha definido siempre socialista, ¿cómo siente el momento actual de México?

 

– Bueno, ya sabemos que es muy difícil porque hasta ahora es un partido el que ha dominado, y aunque ese partido está tratando de demostrar que quiere la libertad hay que ver, pues, todavía, cómo se va a resolver eso.

 

– ¿Usted qué espera? ¿Es optimista?

 

– Pues estoy optimista pero con dificultades. No es fácil, ya se acostumbró al poder ese partido.

 

– Pero surgen partidos de oposición con mucha fuerza.

 

– Sí, hay inquietud política. Ya vemos que el mismo partido oficial está modificándose, porque se ve, pues, la necesidad de la democracia, de que los derechos del hombre, que son fundamentales, funcionen.

 

– ¿Qué le parece lo que está ocurriendo en Europa del este?

 

– Es bueno. La perestroika no tiene remedio.

 

 

 

*   *   *

 

 

 

A Rufino Tamayo le preocupa la juventud de estos tiempos: 

 

– Los jóvenes se están yendo por el lado chueco, con esta cosa de los vicios. No hay disciplina… Es un momento muy difícil este… La educación, ya ve usted que anda muy mal…

 

– ¿Es un momento de falta de identidad?

 

– También. Es algo muy interesante, yo opino como opina Octavio Paz: nosotros los mestizos no estamos identificándonos, como que nos da vergüenza ser mestizos. Nos negamos, y eso no me gusta. Creo que debemos ya constituírnos en lo que somos, estar conformes con lo que somos: mestizos. ¿Qué tiene de particular? El mundo va acabar siendo mestizo.

 

– Es que hay quien dice que mestizo es sinónimo de bastardo. 

 

– Pues sí, pero hay que entenderlo de otra manera. Es una mezcla, pues, como lo ha sido en todas partes del mundo. Todos somos mestizos en este momento. Lo que a nosotros nos molesta es nuestro color, nos avergüenza no ser blancos.

 

– ¿A usted le avergonzó en algún momento?

 

– ¡Nunca! Todo lo contrario. Cuando ando en el extranjero precisamente muestro eso. Y me parece que es esto lo que deberíamos hacer los mestizos. Decir: Sí somos mexicanos y somos una nueva etnia.

 

– Y estamos cumpliendo ya 500 años de mestizaje. Hay polémica en torno a si debe celebrarse la llegada de los europeos. ¿Usted de qué lado está?

 

– Bueno, llegamos a la conclusión de que la raza india ya no es el mexicano. El mexicano es el mestizo. Antes no había México. Yo estoy de acuerdo con Torres Bodet, con la frase esa que puso en Tlatelolco de que no hubo encuentro sino que fue una cosa natural, el nacimiento de una nueva raza. Eso somos nosotros. Y no entiendo por qué hay esta polémica de si fue descubrimiento o si fue encuentro. Para el europeo fue un descubrimiento, para nosotros fue… una sorpresa.

 

– ¿Para los indígenas fue una invasión?

 

Asiente sin hablar.

 

– Y cuando un pintor mexicano que pinta a México, lo lleva a Europa con todos sus colores y alcanza el éxito, ¿es el portador de la revancha?

 

– Pues sí, en cierto sentido. Creo que yo en este momento desempeño un papel interesante en eso… Que vino de suerte, porque yo he estado mucho tiempo haciendo mis cosas privadamente, pero ahora ya tiene un tono oficial porque me han cogido para que ande yo en esta trifulca… Pero mi propósito ha sido siempre ése: presentar a México, que lo entiendan fuera, que vean la calidad que tenemos, que es buena. Y la respuesta fíjese usted que es muy favorable. En todas partes me conocen, en todas partes incluso hablan de “el pintor mexicano”. Y eso me gusta, porque eso soy.

 

– Allá por los años cuarenta, cuando usted empezaba a ir a Europa, ¿se sabía algo del arte mexicano?

 

– Mire, sinceramente, el arte muralista del que tanto se habla aquí, solamente en unas cuantas partes lo toman en cuenta. Han venido franceses que saben de pintura y dicen “¡Esto es mierda!” Así, de plano. Es que aquello fue útil históricamente, pero artísticamente no. Cuando llegué yo a Europa, la reacción fue buena. Había un crítico ruso muy importante –murió hace poco– que, aunque era amigo de Diego Rivera, le decía a él siempre: “El único pintor que hay en México es Tamayo”. Esto quiere decir que había cierta noticia de que aquí estaba pasando otra cosa… En la exposición que monté hace poco en Guanajuato, el gobierno de México puso un cartel en la casa donde vivía Diego diciendo que al final Diego Rivera me reconocía.

 

– En Europa usted es, además, un pintor que atrae muchísimo público.

 

– Así es. Yo tenía miedo cuando se hizo mi exposición en Moscú. Pero ya ve, inmediatamente me nombraron miembro del grupo de pintores, soy el único extranjero que tienen hasta ahorita. Y en Leningrado, no tiene usted idea. Los rusos son artistas, ya lo sabemos, escriben bien, pintan bien, bailan bien, hacen música bien. Así es que tienen ansia. No tiene usted idea de las colas, palabra de honor.

 

– ¿Qué espera ahora de Berlín?

 

– Tengo curiosidad de ver qué va a suceder.

 

– ¿Ya ha estado en Alemania?

 

– He estado antes, pero como turista nada más. Cuando todavía estaba el muro. Ahora vamos a ver cómo es Berlín sin el muro, ya le platicaré al regreso…

 

 

 

*   *   *

 

 

 

La exposición inaugurada en Berlín occidental es, básicamente, la misma que en 1989 estuvo en Moscú y luego en Leningrado bajo el título Rufino Tamayo: pintura y gráfica, pero ahora ampliada con los cuadros recientes del artista, con obras de 19 colecciones privadas y con otras más obtenidas en Europa por la galería de la capital alemana, StaatlicheKunsthalle.

 

– ¿Es la exposición más importante que ha tenido internacionalmente?

 

– Pues sí, es la más importante. Que haya estado en los museos donde ha estado, es una cosa extraordinaria. En Berlín se cumple la última etapa de esta exposición. Hay solicitudes de llevarla a otras partes del mundo, pero esos cuadros son, en su mayoría, propiedad de museos y de particulares que están protestando. Las gentes quieren ya sus cuadros, y tienen razón.

 

– ¿Todo esto le hace sentir más responsabilidad a la hora de pintar?

 

 

– La responsabilidad siempre le he tenido, pero deseo buscar más, no conformarme con lo que ya he hecho y con cómo lo he hecho, sino que quiero hacer cosas nuevas. Ahora precisamente estoy iniciando un cuadro con el propósito, pues, de ser distinto.

 

– ¿Hacia dónde va encaminada la búsqueda en este cuadro?

 

– Hacia todo: en el color, en el diseño, en la composición; que no sea competitivo de lo que ya he hecho. Esa es mi intención ahora. Me está costando trabajo, pero…

 

(Permite admirar el trazo de este nuevo cuadro en su estudio, en la parte baja de su casa).

 

– ¿Cómo se va a titular?

 

– No sé, pero no importa. Los títulos de mis cuadros son siempre muy simples: “Mujer”, “Hombre”…

 

– ¿Los temas siempre van de acuerdo con la actualidad?

 

– Pues claro. Soy actual. Es la vida que está alrededor mío. Yo no pinto recuerdos, pinto lo que está sucediendo. Si no fuera actual, no estaría Si no fuera actual, no estaría yo vivo.

 

– ¿No se siente en desventaja frente a la multitud de pintores jóvenes que surgen ahora?

 

– No, qué bueno que surjan. Yo respeto a los jóvenes, y los impulso además. He logrado meter algunos que están ganando dinero en galerías de Estados Unidos. Soy muy amigo de los jóvenes. A Toledo yo lo descubrí. Cuando vivía en París, él llegó a mí con un rollo de papeles, chamaco, y dije: ¡Qué bárbaro! Este muchacho tiene mucho talento. Lo quiero mucho, yo lo considero como mi hijo. Y es un gran artista.

 

– Oaxaca ha dado muchos pintores…

 

– Es una cosa muy curiosa: sí hay talento para pintar, nomás que en el momento están influenciados. No se buscan. Y están influenciados, por ejemplo, de Toledo. Les gusta mucho Toledo, lo están copiando. Eso no está bien. Pero el talento lo hay, como lo hay en otros estados, yo lo he visto. Solamente por el norte no hay mucho. Desgraciadamente, muchas veces en la provincia están alejados, no tienen posibilidades y se distraen en otras cosas. Se meten a lo comercial con el propósito de ganar dinero para después ponerse a pintar. No se dan cuenta de que, entrando en el vicio de las modas y todo eso, se echan a perder. Después ya desaparecen. No se atreven a pasarla mal con la pintura. Yo me las vi muy duras al principio, pero le aseguro que volvería a hacer los mismos sacrificios…

 

Por segunda ocasión durante la entrevista, el sentimiento quiebra la voz de Rufino Tamayo. Para este momento, además, se nota ya cansado. Sin embargo, acompañará al reportero hasta la puerta con pasos lentos después de contestar a la última pregunta:

 

– ¿Le cambió la vida cuando empezó a cotizarse alto?

 

– No. Dejé de pasar hambre, nada más… Y mi promesa fue: cuando gane dinero, voy a compartirlo con mi gente. Es lo que hago. El museo de arte contemporáneo internacional que lleva mi nombre ya es de la nación, es del pueblo, porque el dueño de Televisa se lo quería robar tranquilamente. Y ahora me odia a muerte. La tarea de Televisa en el terreno de la cultura a veces me espanta…

 

 

El Financiero, Mayo de 1990.

 


Publicado el Lunes, 20 Mayo 2013 22:47
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